No ha pasado ni la segunda semana y ya me hace falta estar a tu lado. Aún no sabes ni entiendes completamente por qué estamos separados. Eres parte de mí y no poder verte despertar me duele.
Algunas veces escucho entre tus palabras.
— Lo siento.
Eso me destroza, porque sé que esta situación no es tu culpa; solo estoy haciendo lo posible por asegurar nuestro bienestar.
Recordar tus pasos, la casa inundada de tus risas, correr y hacer desorden... eso era lo que nos divertía. Me encantaba que, cuando entendías que los juegos terminaban, decías — A guardar los juguetes.
Ni siquiera creo ser yo tan ordenado. Al llegar de tu guardería, te quitas los zapatitos y los dejas alineados; me hace sentir orgulloso saber que te estás formando tan bien. Son estos detalles los que extraño: solo observar cómo creces y vas aprendiendo en el camino.
Contigo aprendí a distinguir realmente el tiempo. Te vi cuando naciste, te tuve entre mis brazos; no dormías si no te recargaba en mi pecho mientras te cantaba. Tan frágil, tan pequeña... y ahora casi no quieres que te cargue.
Vi cómo aprendías a sentarte, cómo te aferrabas a los bordes de la cuna para sostener tu cuerpecito. Te vi soltarte y aprender a caminar, cada logro una sonrisa. Aunque caías, no te rendiste; ahora corres con tu cabello ondulante, sin que nadie te sostenga.
Quizá que aprendieras a decir "lo siento" sea la palabra que más duele escuchar viniendo de ti.
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